Según las fuentes consultadas en Omega, el sistema de placas se utiliza sin problemas desde los Juegos de 1968. Consiste en 16 placas impermeables adheridas a los extremos de las ocho calles de la piscina, dos por nadador. En el interior de cada una operan dos dispositivos independientes de detectores ultrasensibles. Uno funciona con la instalación eléctrica general. Por si falla, hay otro alimentado a pilas. Los dos registran simultáneamente los resultados. Si uno se apaga, el otro sigue activo. Si no coinciden, Omega y Ekumbo, aseguran tener una garantía superior. “Bajo la piscina hay una sala a la que no puede entrar nadie salvo los árbitros”, dijo el colegiado. En ese lugar secreto se dispone del ordenador que vela por el buen funcionamiento de la justicia acuática. El aparato, conectado a un grupo de cámaras capaces de hacer 100 fotos por segundo, coteja la coincidencia de imágenes y tiempos.
Omega asegura que los cronómetros también miden las carreras en milésimas de segundo, pero estos resultados también son secretos. Resulta que, según Omega, las calles de la piscina no son exactamente igual de largas porque la arquitectura no es capaz de cuadrar estructuras infinitesimales. Esto implica que cada nadador recorre distancias infinitesimalmente distintas y que, por tanto, hay una injusticia microscópica subyacente que quedaría revelada en milésimas de segundo. Esto no quedaría bien, según Omega.
Ekumbo dijo que, al ver las pruebas electrónicas, los serbios se maravillaron. “Les ofrecí repasar el vídeo por sí mismos, aunque el reglamento no les da ese derecho. Estuvieron de acuerdo con el vídeo a pesar de que podrían haber apelado ante el jurado de la FINA. Porque no es el ser humano el que hace el juicio. Es el sistema electrónico”.Cavic, el derrotado, explicó su visión del asunto: “Antes de la carrera, mi entrenador me llamó para afeitarme unos pelos que me vio en la nuca. Me ha dicho: ‘Te los voy a quitar, no sea que pierdas el oro por una centésima”.
Fuente: elpais.com