
Si me pongo en el lugar de Cavic, en esa posición no habría levantado la cabeza hasta que hubieran pasado dos segundos después de que mi mano estuviera contra la placa. Esto es fácil decirlo, pero en esos momentos los nadadores hacen gestos inconscientes. Tengo la impresión de que Cavic pensaba que había ganado y ya empezaba a girarse para ver el resultado en el marcador. Mientras tanto, le daba la medalla de oro a Phelps.
Normalmente, en los entrenamientos, los nadadores calculan las brazadas que deben dar para llegar a la pared en la posición más acuadinámica. Antes de llegar a las banderas, a 15 metros de la pared, debes saber ajustar. Esto se acaba haciendo instintivamente. Es como cuando coges una naranja y la lanzas para arriba, la vuelves a coger y la vuelves a lanzar. Hasta que dejas de mirarla. Luego, puedes repetirlo sin mirar. Tienes la percepción.
Lo que ocurre es que, en una final, por los nervios, a veces pierdes la coordinación y das una brazada de más o una de menos y te quedas corto. Phelps se quedó corto y tocó la placa fuera del agua para ahorrar tiempo. Se impuso como siempre hace en esta prueba, en las últimas cinco brazadas. Si fuera mi nadador, como técnico, tal vez pensaría que le faltó la relajación de otras ocasiones. No hizo una carrera controlada. Hizo lo que sentía antes que lo correcto. Pero ganó. En ocasiones, la clave está en la intuición.
Fuente: elpais.com