Martes, 19 de agosto de 2008
CRÓNICAS EL PAÍS. Diego Torres

"Una centésima para la eternidad"


Con el agobio, de los últimos días, tantas carreras, tanto que grabar, no me ha dado tiempo a recoger las crónicas como hice con las anteriores carreras, así que allá vamos con el análisis de Diego Torres para El País.


El surfero Aaron Peirsol ha perdido su abundante melena dorada. Pero sigue siendo el mejor espaldista de todos los tiempos. El jueves, después de quedar segundo en la final de 200 metros, hizo un esfuerzo por no mostrar su desolación cuando alguien le pidió que explicara sus sentimientos. Abrió un pequeño hueco en la comisura de los labios y, sin separar los dientes, articuló una de esas frases que le han dado fama, de idiota o de místico: "Hasta donde yo sé, este deporte trata de carreras. Todos los días".

Peirsol sabe que hay carreras que se ganan con los pulmones y hay carreras que se ganan con el corazón. Las primeras tienen una explicación fisiológica. Las segundas no tienen explicación. Michael Phelps ganó los 100 metros mariposa después de ir perdiendo durante 99,9 metros. Después de acumular 3.299,9 metros de competición a lo largo de los Juegos. Cuando su fuerza se agotaba y Milorad Cavic le adelantaba extendiendo sus brazos y poniendo la yema de sus dedos a diez centímetros de la placa sensible que registra la llegada. A Phelps le quedó medio segundo para cambiar su destino. Había nadado la mariposa más rápida de su vida y la carrera era de Cavic. Al menos, hasta los últimos diez centímetros. El serbio tocó la pared pensando en el festejo: 50,59 segundos después de saltar al agua. Phelps lo hizo 0,01 segundos antes. En 50,58s. El público profirió un grito de incredulidad. El estadounidense acababa de conseguir la segunda mejor marca de la historia, su séptimo oro en Pekín. El que iguala el número mágico de Mark Spitz. El que le convierte en una leyenda.

Bob Bowman, el entrenador de Phelps, lo vio desde la grada con horror: "Cuando llegó a las banderas [a 15 metros de la meta], sólo habían dos posibilidades. O que Cavic llegara antes al muro o que Michael lo hiciera con la brazada cambiada. No diría que se equivocó. Tuvo que elegir entre el peor de dos males. O deslizarse hacia adelante estirándose todo lo posible, aprovechando el impulso que traía, o dar media brazada más. Dio media brazada. Lo hizo instintivamente y acertó".

Bowman y Phelps diseñaron un plan para ganar la carrera. Consistía en llegar al primer parcial por debajo de 24 segundos. "Si no lo hacía, sus posibilidades serían casi nulas", dijo Bowman. Phelps no es un velocista puro. Carece de la fuerza explosiva necesaria. Esto condiciona sus primeros 50 metros, precisamente el tramo que sus rivales más perfeccionaron en el último año. En Pekín, Cavic, Crocker y Lauterstein sólo se prepararon para nadar los 100 mariposa. Mientras Phelps competía en 14 carreras, ellos permanecieron ocultos. Reservaron fuerzas. Le esperaron. A sabiendas de su debilidad, se entrenaron para adelantarle un metro y medio en la primera piscina. Su táctica era simple: dejarlo suficientemente atrás para que no pudiera regresar. En las carreras de mariposa, los rezagados sufren el doble. Por un lado, la angustia que asalta a todos los nadadores retrasados. Por otro, el oleaje propio del estilo.

Phelps lo sabía y procuró hacer los primeros 50 más rápidos de su vida. No lo consiguió. Los nervios le fallaron. Le pesó el cansancio acumulado después de una semana de maratón acuático. En la ida, dio 16 brazadas. Esto es demasiado gasto energético para alguien acostumbrado a 14. Un síntoma de desequilibrio. Tocó la primera pared después de 24,04 segundos. Siete nadadores lo hicieron antes que él, Cavic al frente.

Debió improvisar. Sólo le quedaban dos armas. Su nado subacuático y su resistencia al ácido láctico. Mientras que la mayoría producen esta sustancia 20 segundos después de realizar el esfuerzo máximo, Phelps retarda su aparición. Con ello soporta mejor el calambre que, poco a poco, paraliza al cuerpo. Nadó la vuelta casi un segundo más rápido que Cavic. No parecía suficiente. A falta de medio metro, apuró una brazada más. Fue un gesto forzado que debió de consumirle hasta la última gota de la reserva. Casi un puñetazo. Un golpe contra la pared. Un deseo invencible de perdurar.




Fuente: elpais.com


Tags: michael phelps beijing

Publicado por ananula @ 1:54  | Michael Phelps
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