SANTIAGO ESTEVA 12/08/2008
Dentro de 100 años, cuando los almanaques deportivos conmemoren los diez mejores momentos de los Juegos en el siglo XXI, entre los primeros de la lista estará el relevo de Pekín de 4x100 libre. La marca fue asombrosa, pero el espíritu ganador de los estadounidenses fue lo más importante para conseguirla. No hay más que ver las fotos que comenzaron a circular de Michael Phelps celebrando el triunfo. En ellas grita como si le fuera la vida en ello. Hay carreras que las gana el que más desea la victoria. Los estadounidenses se quedaron expuestos a la derrota en la tercera posta, cuando Bousquet cubrió los 100 metros en 46,63s. Lezak debió remontar un segundo en los últimos 100. Un metro y medio. Eso frente a Alain Bernard, que, hasta ayer, era el hombre más rápido del planeta. Bernard perdió el duelo y se sentirá culpable. ¿Pero qué más se le puede pedir cuando hizo un parcial de 46,73s, la tercera mejor posta de la historia?
La prensa estadounidense, encandilada por el golpe de mano de Lezak, se olvidó de Phelps. Sólo diré dos cosas: primero, que Phelps, durante la prueba, estableció el récord estadounidense de 100 libre y ya ostenta el 40% de los de su país, la cantera más grande del mundo. Segundo, yo nadé con Spitz y recuerdo que él no era tan buen relevista. Ahora que Phelps vive acosado por el recuerdo de Spitz, es un buen momento para apuntar este detalle. A diferencia de su predecesor, Phelps no habita un mundo en el que Estados Unidos era la hegemonía de la natación. Entre 1964 y 2000 nadie derrotó a los estadounidenses en el relevo rápido. Spitz hizo historia ganando con soltura a equipos inferiores. Phelps no tiene esa suerte. Además, nada los relevos como las pruebas individuales. Sin ahorrarse nada, entregándose al espíritu colectivo del relevo, una prueba que rompe con la rutina solitaria de los nadadores. Spitz nunca logró el récord de Estados Unidos en un relevo. No lo necesitó.