S?bado, 26 de julio de 2008
Michael Phelps: El Tiburón quiere devorar el mito de Spitz



La prometida transcripción del reportaje de Isport, el suplemento de los meses de julio-agosto del diario As. La portada como podéis copia  la de Sports Illustrated en los pasados Juegos Olímpicos de Atenas.

 

EDITORIAL: Phelps puede superar los siete oros de Spitz

 

El protagonista de nuestra portada es posiblemente, junto con Michael Jordan, el deportista más perfecto que jamás haya existido.. Michael Phelps ganó seis medallas de oro en Atenas y está decidido a ganar ocho en Pekín, un desafío que sólo él se puede atrever a intentar y que le ha convertido sin dar una sola brazada en el gran héroe de esta competición que comienza el próximo 8 de agosto. Le hemos pedido al periodista que más conoce a este personaje, Brian Cazeneuve, de Spors Illustrated, que nos cuenta todos los secretos del hombre que quiere acabar con el mito de Mark Spitz: siete oros en unos juegos olímpicos.

 

 

REPORTAJE

 

Phelps no es un deportista corriente.  Con sólo repetir las marcas que alcanzó en los campeonatos del mundo de Melbourne el año pasado, podría ganar ocho medallas de oro en Pekín, una más que el nadador estadounidense Mark Spitz, al que nadie ha logrado batir desde que consiguiera siete oros en siete pruebas en los Juegos de Munich de 1972. Phelps estuvo a punto de igualarle en la cita de Atenas de 2004, en la que ganó seis oros y dos bronces. En Melbourne consiguió siete oros en ocho pruebas. La descalificación de uno de sus compañeros en la eliminatoria de los relevos le impidió conseguir ocho oros. Ahora llega la parte que da miedo. Pregúntenle a Phelps cómo ha cambiado desde su última competición importante hace 18 meses y contestará: “Bueno, estoy más fuerte, nado a más velocidad, mis comienzos son más rápidos y mis giros son más limpios, pero todavía tengo mucho en lo que trabajar”. En resumidas cuentas: Phelps está igual de hambriento que siempre.

 

Descarten la idea de que es un nadador nato, un anfibio con aletas en lugar de miembros y branquias que desembocan en pulmones con el tamaño de una piscina. De hecho, antes le tenía miedo al agua. Cuando un vecino intentó darle su primera clase de natación, aquel niño de siete años, con el único objetivo de que estuviera seguro en el agua, Phelps se puso a gritar y a patalear hasta que, al final, accedió a flotar boca arriba para no tener que ver el fondo de la piscina. Hasta que otros chicos del Club Náutico de North Baltimore, cerca de la casa en la que nación en Maryland, no le dijeron que nunca aprendería a nadar, Phelps no se obligó a sentirse cómodo en el agua. Fue un acto de independencia y de rebeldía lo que determinó su futuro.

 

Cuando Phelps tenía 11 años, cayó en manos de un entrenador que parecía tener ojos en la nuca. Si Michael jugaba con otros nadadores, se colaba en una fila, se saltaba un ejercicio o hablaba cuando le habían dicho que se estuviera callado, Bob Bowman le veía, le oía y le castigaba. “Espero no tener trabajar con él nunca”, pensaba Phelps para sus adentros. “Menos mal que nunca tendré que entrenarlo otra vez”, murmuraba Bowman entre dientes. Ambos se equivocaban, y surgió una relación perfectamente complementaria, aunque a menudo combativa.

 

El chico nunca se estaba quieto. Los profesores intentaban que se centrara en un tema. Tenía la influencia y la disciplina adecuada a su alrededor. Su padre, Fred, era sheriff. Su madre, Debbie, salío una vez elegida como la mejor profesora del año del estado de Maryland. Pero la mente de Michael solía divagar como si estuviera haciendo zapping sin parar: una imagen y un pensamiento claros en un determinado momento y, al instante, un cambio hacia los siguientes. Los médicos le diagnosticaron trastorno por déficit de atención y Michael empezó a tomar la medicación, Ritalin, para que le ayudara a concentrarse. Después de cumplir los 13 años, cuando sus padres se había divorciado, Phelps dio un paso importante hacia su madurez en evolución cuando le dijo a su madre que quería dejar de tomar la medicación. “Tengo que enfrentarme a esto a mi manera”, le dijo. Sufrió algunos reveses durante los primeros días sin las pastillas, pero se obligó testarudamente a prestar atención y a centrarse en el tema que tenía frente a él.

 

HOGAR ROTO

 

Tras cumplir los 15, se convirtió en el miembro más joven del equipo olímpico de EE.UU. del año 2000, se clasificó para los Juegos de Sydney en 200 metros mariposa y terminó quinto. No obstante, su recuerdo más claro de aquellos juegos es el de un centro de reunión familiar, dos días después de su competición, cuando su padre, Fred, le sorprendió diciéndole que se había vuelto a casar. El padre y el hijo se habían distanciado durante el divorcio y Michael se apoyaba mucho en su madre y en su entrenador. Solía pasarse semanas enteras sin hablar con su padre. La relación sigue siendo fría en la actualidad.

 

Cuando Phelps llegó a Atenas, lo hizo como actual campeón en cinco pruebas y supuesta estrella de los Juegos. En lugar de amedrentarse ante los retos, Phelps y su agencia de marketing, Octagon, anunciaron su intención de igualar o batir el récord de Spitz de siete oros en unos Juegos Olímpicos. No obstante, meses antes de los Juegos, la revista Swimming World sacó a un compañero de equipo de Phelos, Ian Crocker, en lugar de a él en el póster de las páginas centrales. En la imagen aparecía Crocker batiéndole en los mundiales de Barcelona con un tiempo record para ganar los 100 metros mariposa. Phelps colgó el póster encima de la cama para que le recordar la prueba tan difícil que tenía ante sí. El nadador se incentiva así, con argucias reales y fingidas, como si fueran combustible para cohetes que lo propulsan a un terreno que sólo entienden los mejores. “A todo el mundo le encanta ganar”, afirma. “Pero incluso más que eso, yo odio perder”. Hasta una derrota en un sencillo videojuego es suficiente para tenerlo enfrente de la consola durante horas intentando mejorar su tiempo de reacción para la siguiente competición.

 

Y en Atenas logró su venganza al salir de la piscina y cederle su puesto en los relevos estilos a Crocker, a quien había ganado en la final de 100 metros mariposa. Phelps se quedó al margen, bailó y coreó con sus compañeros de equipo y animó a sus compatriotas para que ganaran.

 

Dos meses después de sus victorias en los Juegos Olímpicos, sufrió una lesión de espalda y no pudo entrenar durante varias semanas. En ese tiempo, la policía de Baltimore le puso una multa por conducir bajo la influencia del alcohol cuando Phelps volvía de la fiesta de un amigo de la Universidad. Fue rápido y declaró su culpabilidad. Habló con muchos estudiantes, incluso antes de que un juez le condenara a pagar una multa, y realizó diversas apariciones públicas en las que explicó la importancia de conducir de una manera segura y sin beber. Su franqueza sonaba sincera y, en general, el público estadounidense le perdonó.

 

Gracias al concienzudo marketing y a su atractivo para los jóvenes, Phelos es una rareza deportiva en EE.UU.: un deportista que es capaz de trascender los límites de un deporte minoritario hacia el mercado de masas. Empezó a aparecer en anuncios de tarjetas de crédito, relojes, empresas de electrónica, fabricantes de ropa y de comida rápida. Al salir de una firma de autógrafos de tres horas en Baltimore en 2004, Phelps iba conduciendo su coche cuando unas adolescentes se pusieron a gritar al reconocerlo desde otro vehículo. El deportista no salía de su asombro cuando la madre de una de las niñas aminoraba y aceleraba para mantenerse a su lado mientras intentaba pasarle un paquete de cereales con su foto para que lo firmara y se lo devolviera a través de  la ventana de su coche. Y todo esto en movimiento.

 

 

REENCUENTRO

 

Ese mismo invierno, Phelps empezó a dar clases de marketing en la Universidad de Michigan, donde Bowman aceptó el puesto de jefe de entrenadores. Como cualquier otro estudiante de Universidad estaba poco acostumbrado a vivir solo. Se mudó a una casa de campo de cuatro plantas cercana al complejo de natación. Realizó su primera compra de leche y cereales, pero se dio cuenta de que no tenía tazón en el que mezclarlos. Así que abrió una botella de agua, echó ambos ingredientes, los agitó bien y se bebió el desayuno. Otro día puso gel de baño en el lavaplatos, pensando que debía de funcionar igual de bien que con el jabón tradicional de lavavajillas. Cinco minutos más tarde la cocina era un baño de burbujas. Una noche le estaba contando a un amigo que estaba intentando hacer un filete tierno y sabroso del mismo modo que su madre. Su colega le dio algunos apuntes sobre cómo sazonar la carne antes de dejarla reposar un rato para evitar que se le fuera el jugo. Phelps se lo agradeció, pero al instante se avergonzó al darse cuenta de que su “consejero” en realidad era vegetariano.

 

Después de dos años relativamente tranquilos en la piscina, Michael atacó los libros de records la pasada primavera en los mundiales de Melbourne, recortando segundos enteros a plusmarcas del mundo y ganando carreras por márgenes que ni siquiera los personajes de dibujos animados pueden conseguir. La verdadera prueba de su predominio en los mundiales fue esa línea rojo en movimiento que está superpuesta en el panel de las puntuaciones y que se mueve a ritmo de record del mundo en cada una de las carreras. Los nadadores que en Melbourne se acercaban a estas marcas solían provocar el fervor de las multitudes al tocar con la punta de los dedos los bordes de esa línea a medida que iban terminando el último largo. En muchas carreras, esa línea estaba a los pies de Phelps. “Está haciendo cosas que nunca vamos a volver a ver en el deporte”, se maravillaba la estrella australiana del fondo Grant Hackett. “¿Qué más es capaz de hacer?.

 

Para conseguirlo necesita combustible para cohetes. Cuando sea verano es probable que Phelps sea el olímpico más dorado de la historia, el primer deportista de cualquier disciplina que haya ganado 10 oros olímpicos en su trayectoria. Si todo va bien en las pruebas de selección para los Juegos Olímpicos en Omaha este mes, Phelps competirá en dos pruebas de mariposa, dos individuales de estilos, los 200 metros estilo libre y tres relevos.

 

Cuando al entrenador australiano Don Talbot le preguntaron en relación con el intento de Phelps de conseguir en relación con el intento de Phelps de conseguir siete u ocho medallas de oro en unos Juegos Olímpicos, contestó que dicha hazaña era imposible. El entrenador Bowman lo leyó, subrayó el comentario de Talbot y le pasó el artículo a Phelps, que lo ha pegado en el interior de su taquilla. “En caso de que necesite ponerme las pilas en esas mañanas en las que estoy vago”, comenta, “el artículo me viene genial”. Y luego se pone en pie junto a ese reloj del Canham Natatorium de la Universidad de Michigan que va marcando los segundos. Se tira a la piscina, consciente de que sólo le quedan unos pocos para convertir a los dudosos en fieles creyentes.


Tags: michael phelps isport

Publicado por ananula @ 22:58
Comentarios (3)  | Enviar
Comentarios
Publicado por Invitado
Martes, 19 de agosto de 2008 | 19:35
ya basta de idolatrar a este hombre, es solo un ser humano, Solo se debe adorar a Dios.
Publicado por ananula
Martes, 19 de agosto de 2008 | 20:07
eso depender? de la fe de cada uno, y si se cree en Dios o no...la fe no se impone amigo.

Y dicho sea de paso, no s? a cuento de qu? viene tu comentario pero bueno loco
Publicado por Elena
Lunes, 03 de agosto de 2009 | 15:45
pues yo le idolatro ya que pienso que es el mejor DEPORTISTA de todos los tiempos !!!!